miércoles, 7 de marzo de 2012

BOLETÍN CUARESMA 2012 - DOLORES DE LA VIRGEN

SEXTO DOLOR: María recibe el Cuerpo de Jesús al ser bajado de la Cruz.
Llegamos este año de conmemoraciones al sexto dolor que la Santísima Virgen María padeció. Es posiblementeel de mayor amargura, tristeza y padecimiento para la Madre del Señor. El tener entre sus benditas manos el cadáverdel Hijo amado. Que experiencia tan cruel, tan inexplicable la de la Virgen enesa hora de dolor, soledad y muerte. La profecía del anciano Simeón, augurándole que una espada le traspasaría el alma, le partería el corazón, se hacía realidad en la hora extrema de recibir al hijo inerte entre sus brazos.
No es fácil imaginar aquella tarde en el monte Calvario, tanto es así, que ninguno de los cuatro evangelistas recoge este sobrecogedor momento de la muerte del Hijo de Dios en manos de su Madre, imagino que por ser incapaces de describir tal trance, de expresar con palabras aquellas inenarrables escenas de extremo sufrimiento, de poner sobre papel aquellas imágenes, aun siendo testigo directo de las mismas, como le ocurrió al más joven de los evangelistas. La escena que le precede sí que nos la relatan los evangelios. Apoyémonos en ella para vivenciar, en la medida de nuestras posibilidades, aquellos trágicos momentos.
La Santísima Virgen María, presente en la hora de la ejecución del Hijo, lo contemplaría sobre el madero ya muerto, ya ajusticiado injustamente, pero a renglón seguido, soportará la cruel tarea de ver desclavarlo de la cruz, para más tarde llevarlo al sepulcro.
Observar como quitan los clavos de los pies y como quedaría el Hijo colgado de los brazos hasta que le extrajesen los clavos de ambas manos serían momentos inacabables. Que abominable escena, saber que el Inocente, que ha sido vilmente ajusticiado, asesinado y crucificado como un vulgar delincuente, además tiene que sufrir la tortuosa manera en que lo descuelgan de la cruz, como es despojado de los tortuosos hierros que atraviesan esos pies y esas manos de donde únicamente han salido amor, ternura, comprensión, ayuda, generosidad, sanación. Como la Madre, una vez en tierra el cuerpo ultrajado de su Hijo, correría a su encuentro a abrazarlo, a limpiarle la sangre inocente que rodaba por su rostro, por la faz en la que tantas veces se recreó mientras estaba en casa y lo observaba jugar o meditar. Aquel cuerpo que yacía en el suelo era imposible que fuese el mismo de aquel maestro que tantas expectativas había creado, que ha tanta gente sencilla había curado de múltiples dolencias, tanto corporales como espirituales. Aquel personaje que había prometido el Reino de los Cielos y que supo reunir un grupo para que continuase con su labor. Aquel, al que tantos habían admirado y seguido, se encontraba ahora muerto y solo en brazos de su Madre. Quizás ella, con ese amor y ternura con que limpiaba su cara, quisiera compensar todo el daño, injusticia y soledad del que había sido objeto su amado Hijo. Todo ese escarnio, ultraje, abandono por parte de los hombres encontraba en las manos de María un gesto cómplice con la trayectoria del salvador del mundo. Esos momentos, del Hijo muerto en brazos de su Madre, serían desgarradores, palpar entre su pecho las huellas de la crueldad humana, ver las heridas de la cabeza ocasionadas por la corona de espinas, trenzada por el odio y la sinrazón, para mofarse del Hijo de Dios como Rey.

¿Habrá en esta vida algo más conmovedor, a la vez que cruel, que ver a una madre con el cadáver de su hijo en sus brazos?. Cuantas escenas de este mismo suceso vemos a diario en nuestra sociedad, en nuestro mundo. Cuantos familiares, amigos o conocidos han pasado y pasarán por este duro e inexplicable trance. Todo ese sufrimiento que alguna vez hemos sentido cercano, lo padeció y sufrió María en su mayor soledad. Miremos su ejemplo, la entereza y fe con que afronto, lo que sin duda alguna fue la experiencia y vivencia más amarga de su vida. En esta etapa de la vida que nos ha tocado vivir miremos, ante hechos similares, a la Virgen dolorosa con el Hijo sobre sus rodillas. Ella también se preguntaría ¿por qué? Y quien le respondería a María.
¿Quién le podría aliviar tanto dolor, tanta pena, tanto sufrimiento amargura y soledad?. Interrogantes que nosotros también nos hacemos, pero que María como mujer de fe sabía que Dios, su Señor, no la iba a abandonar, aunque en esos precisos momentos no atinara a ver su presencia, pero confiaba, esperaba y sabia que Dios estaba a su lado, sufriendo con Ella el desgarrado dolor por la muerte de su Hijo. Esa esperanza y esa confianza en Dios Nuestro Señor es la que ha de guiar nuestras vidas, como guio la de la Madre de Jesús María.

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