miércoles, 7 de marzo de 2012

BOLETÍN CUARESMA 2012 - SOLEANOS POR ESPAÑA

Desde el año 2003 han sido varios los momentos de mi vida en los que, afortunada o desafortunadamente, depende como se mire, he estado fuera de mi querido pueblo.
Y la verdad, no es nada agradable saber que, semana tras semana, cuando cojo mi maleta y emprendo el viaje hacia cualquier lugar de Andalucía, dejo atrás un pedazo de mi corazón.
Aún recuerdo como si fuera ayer, cuando estaba estudiando el último año de mi carrera en Italia durante el curso 2003-2004, aquella Semana Santa. Era un Viernes Santo, muy distinto al que yo había vivido año tras año, extraño, en el que me faltaba algo: un Viernes Santo bastante intranquilo para mí, porque donde yo me encontraba estaba lloviendo, y no sabía si aquí sucedería lo mismo, y si nuestros Sagrados Titulares podrían realizar su esperada estación de penitencia, aunque yo no pudiera disfrutar de ella. Aquel Viernes Santo no pude ver a “Las López” (como tan cariñosamente mi hermana y yo las llamamos) preparar su tradicional repostería, ni comíamos mi familia y yo impacientemente para bajarnos para el oratorio. Ese año mi madre no pudo prepararme mi ropa de penitente; junto a la túnicas de mi padre y hermanos no estaba la mía, ni mi padre tampoco pudo decirme ¡Venga Marina, que se acerca la hora!.No fui yo la que acompañaba a mi padre de nazareno en la fila. Ni pude disfrutar de ese momento de tertulia tras la recogida de la procesión en la casa de mi tía Manolita junto a mi familia. Era mi primera semana santa que yo no iba a poder estar allí.
Pero yo no contaba que estando tan lejos, iba a poder disfrutar de un momento de gloria de nuestra estación de penitencia. Y es que mi madre tan pacientemente me fue retransmitiendo la salida y recogida de mi Cristo y de mi Virgen, paso a paso y con todo detalle, emocionándome en cada momento, pues a través del móvil (al que estuve pegada todo el día, por cierto), escuchaba cómo el capataz del Cristo, y también el de la Virgen, llamaba a sus costaleros, y sentía el rechinar de sus zapatillas, caminando lentamente y portando sobre sus hombros a nuestros amados titulares.
Tanto es así que daba la sensación de que, estando a más de 2.000 kilómetros de distancia, me encontraba tan cerca de mi hermandad como lo estaba mi madre.
Un tanto de lo mismo me sucedió aquel año el Domingo de Resurrección, un Domingo de Resurrección también fuera de lo común, en el que no pude ver a mi pueblo despertar de esa manera tan especial: no había toques de campanas, ni cohetes, ni pasacalles de la banda de música, ni ensayo de coro, ni las venias de la Virgen, sólo una tristeza muy grande al estar tan lejos de aquí.
Transcurrido el tiempo, y por cuestiones laborales, actualmente me encuentro dando tumbos por Andalucía, y por supuesto, haciendo cuentas para poder estar aquí todos los septiembres posibles. Comento esto, porque también he tenido que vivir una festividad fuera de Albaida, en concreto en Bailén en el año 2010, y desde allí me enteraba de cómo iban transcurriendo todos los momentos buenos y también los momentos malos que hubo aquel año. Me refiero con ello al famoso incendio del arco, y como aún estando lejos, podía palparse el sentimiento soleano de todas aquellas personas que rehicieron en tan solo unas horas lo que en un solo minuto se desvaneció por culpa del fuego.¡ Cuanto me hubiera gustado estar allí para ser yo una más!
Ese año pensé en que iba a ser el primer Loreto que iba a faltar, no iba a poder disfrutar de un día en hermandad, ni tampoco de la compañía de mis amigas “Las Chicas Light”. Tampoco iba a acompañar a nuestros sagrados titulares en el traslado, ni me vestiría ese año de flamenca para cantar los misterios por nuestro pueblo.
Pero por fin llegó el día 8 de septiembre, y mi virgen me hizo el milagro de permitirme estar allí. Pude constatar que lo que todo el mundo me decía por teléfono era verdad, que Albaida lucía radiante y más bonita que nunca con su velá y con sus arcos .No tengo palabras para explicar lo que sentí en aquella esquina del cantillo en el que bajo una petalada de flores y con el himno de la hermandad ella se paseaba radiante y hermosa como siempre.
Concluyo este artículo diciendo que cuando recibí la propuesta de escribir este artículo, me encantó la idea, porque es una forma de hacer ver a mis hermanos y hermanas soleanos y soleanas lo difícil que es estar fuera de una tierra en la que el aire soleano se respira en el ambiente, sabiendo que en un pequeño, pero grande rincón de este pueblo, mi Cristo de los Afligidos y mi Virgen de los Dolores me están esperando semana tras semana, y están velando por todos aquellos o aquellas que nos encontramos lejos.
Dña. Marina López Cabello.

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