miércoles, 7 de marzo de 2012

BOLETÍN CUARESMA 2012 - SUS HERIDAS Y CICATRICES NOS HAN CURADO

Era viernes aquella noche, (la Historia universal lo recuerda como “el primer Viernes Santo”). Me acuerdo que todavía hacía frío, por eso me senté junto a unas brasas que el fuego había dejado aún incandescentes... Pensaba en lo que le había sucedido a mi querido Amigo y Maestro Jesús, aquel Dios y Hombre verdadero, al que le oí decir una vez: “Yo soy la Resurrección y la vida”.
Como su humilde y secreto seguidor que soy, pero por temor a sus adversarios, yo le vi agonizar y morir asfixiado colgado en una cruz.
¡ Qué gran lección de humildad nos enseñó aquella tarde el gran Maestro de la historia, Jesús de Nazaret!...
Al recordar sus últimas palabras, pronunciadas desde aquel trono ignominioso, impropio de un Rey, por donde se derraba una sangre divina, sangre con la que se estableció entre lo humano y lo divino una alianza nueva y eterna..., me entró un escalofrío por todo el cuerpo. Me aferré fuertemente al manto que me envolvía, pues las brasas iban perdiendo su calor. Imposible me fue contener dos gruesas y frías lágrimas que se dejaban caer por mis mejillas; y en medio de mi dolor pensé que aunque Dios hable por boca de un profeta, es Dios el que me habla. Este pensamiento me llevó a leer al profeta Isaías. Y del mismo modo que se sientan a dialogar dos amigos, Dios con tristeza me habló a mi, Nicodemo, de su Hijo predilecto. Y me llamó la atención un detalle: recuerdo que Dios no le llamaba Jesús a su Hijo, libremente, como un cordero llevado al matadero, guardaba silencio, no abría la boca sino para orar y perdonar. Y todo eso para contentarle, porque yo, dándome cuenta de que Dios tenía el corazón entristecido por culpa del pecado y del olvido de hombres y mujeres, en mi pensamiento quise aliviar el dolor del Padre abatido, y a modo de agradecimiento en mi nombre y en el de toda la humanidad, le dije: “a pesar de tu abatimiento, Tú, Dios de todo lo creado, tienes que estar orgulloso de que tu Hijo se haya sumergido hasta el fondo de la miserable y doliente realidad humana sólo para contentarte”...
Entonces, respondió Dios a mis palabras alentadoras diciéndome que su Hijo no fue un héroe glorioso, le esperaba, eso sí, su misma gloria, desde la cual pudo contemplarlo con la mayor de las tristezas que puede sentir cualquier padre viendo a su Hijo como un desfigurado, poniendo mansamente sus espaldas para que el mundo pudiera poner sobre ellas todas sus miserias, lo vio humillado, como hombre acostumbrado al sufrimiento, desestimado, sin el menor aspecto atrayente, despreciado por los hombres. Y sí, lo que le orgullecía, decía, era: que de esa manera, Mi Siervo, santificaba a muchos ya que así asumía incluso la causa principal de tanto sufrimiento: el pecado humano...
El tiempo que Dios me estuvo contando, no sé cuánto fue ni cómo se pasó, sí recuerdo que la noche iba dejando paso al día. Y lo primero que pensé fue en aquello que un día Simeón, el anciano, le dijo a María, la Madre de Jesús: “y a ti una espada te traspasará el alma”.
En seguida, marché en dirección a su casa y mientras iba de camino hacia donde María vivía, unos extraños personajes, me hablaron de su Resurrección...

El Director Espiritual:
D. Francisco José Vega Durán.

No hay comentarios:

Publicar un comentario