martes, 23 de febrero de 2016

BOLETÍN CUARESMA 2016 - DOLORES DE LA VIRGEN

SÉPTIMO DOLOR: EL ENTIERRO DE JESÚS Y LA SOLEDAD DE MARIA.

Contemplamos en este séptimo y último dolor la sepultura del hijo de
Dio, Jesucristo y la triste soledad en la que quedo su madre. Tras muchos sufrimientos, padecimientos, ser denigrado como persona  y tras una cruel y violenta crucifixión, el hijo del carpintero y de María muere en el más absoluto abandono. Nadie de sus seguidores ha quedado junto a él, ni siquiera para bajarlo de la cruz y darle sepultura. Según nos relatan los evangelios serán un tal José de Arimatea y Nicodemo los que piden permiso a Pilatos para desenclavarlo y siguiendo la costumbre judía darle sepultura.
No nos relatan las escrituras la escena de Jesús cuando es bajado del madero, pero sí nos cuentan que al pie del mismo estaban María su madre y otras mujeres y Juan, por ello es fácil de imaginar que al término de su descendimiento lo colocasen los santos varones en los brazos de su bendita Madre. Contemplar esta escena da auténtico pavor, una madre afligida por el dolor, desolada, rota, angustiada, triste, acoge entre sus brazos  al hijo yacente para darle su último abrazo, su último beso. Qué fortaleza, qué amor tan desmedido el de una madre para con un hijo. No es de extrañar siguiendo con el relato de la escena, que el entierro y la sepultura de Jesús, fuese como su vida, pobre, sencillo, austero, el nacido en un pobre pesebre deja esta vida, eso sí momentáneamente pues luego vendrá la victoria definitiva con la resurrección, también sin nada, pues incluso el sepulcro fue prestado. No habría flores, ni acompañantes salvo los mencionados anteriormente, además había qué enterrarlo aprisa pues el día siguiente era fiesta. En definitiva, que triste final para un mesías, para el hombre que más tarde partiría la historia en dos, en un antes y después de Cristo.
Y en todos estos amargos y dolorosos momentos siempre junto a Jesús su madre, ciertamente abatida, sola. Qué trance tan amargo el de ver morir a un hijo en tales circunstancias, sin tan siquiera poder socorrerlo, aliviarlo, amortajarlo. Si duro y cruel fue el final de nuestro señor Jesucristo, nada tuvo que envidiarle la experiencia vivida durante estos sucesos por la bendita Virgen María. Por todo este bagaje bien podríamos llamar a María como Virgen de Dolores, dada una vida marcada por tantos y tantos momentos de sufrimiento, dolor y amargura como padeció María. Bien nos vendría a todos contemplarla así en los Dolores en su Soledad cuando a lo largo de la vida pasemos, vivamos o suframos por algunos de estos trances por los que pasaron Jesús y María, tomarla como ejemplo en su respuesta a Dios, en su aceptación y confianza en su Dios y Señor.

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